Prometeo, fuego e infierno

Por Jeser Santiago Grass.

¿Existiría la civilización si nuestros ancestros no hubiesen alcanzado el dominio del fuego? Probablemente no. La importancia fundamental del fuego ha sido siempre reconocida entre las diversas culturas y sociedades, llegando inclusive al punto de la divinización y la veneración en las sociedades de la época prehistórica. Pues se sabe, que en la mayoría de las primeras civilizaciones que desarrollaron la escritura, existía la práctica casi generalizada del culto tanto del sol como del fuego.

Y es que tanto el sol como el fuego eran (y aún son) conceptos difícilmente separables, casi instintiva e intuitivamente los relacionamos. Ambos son protagonistas (en el papel de divinidades, o relacionados con las mismas) de mitos, leyendas, y hasta de religiones a lo largo y ancho del mundo.

Una de las más extensamente conocidas de estas piezas culturales es el mito griego de Prometeo, el titán que robó el fuego a los dioses del Olimpo para entregárselo a los humanos, permitiéndoles así alcanzar a ser algún día como los dioses, y consecuentemente por ello, el titán resultó ser víctima de la cólera de Zeus y del castigo dolorosamente eterno que este le impuso.

Curiosamente, la historia de Prometeo suele ser recordada por muchos de nosotros por esto último y no por otra gran hazaña que los griegos nos contaron sobre él: Prometeo fue el creador de los seres humanos. Resulta que un día Prometeo creó a los humanos a partir de tierra mezclada con agua (Quizá esto explica mejor la motivación de su posterior sacrificio).

Pero saliendo un poco del mito, muchos antropólogos han estimado, a partir de múltiples registros fósiles encontrados, que nuestros ancestros estuvieron en la capacidad de aprovechar el fuego hace unos 1.6 millones de años, de dominarlo desde hace aproximadamente 800 mil años, y de crearlo desde hace más o menos 400 mil años.

Estas fechas representan momentos cruciales de nuestro devenir evolutivo: En el primer momento se perdió la otrora inexorable respuesta de huida ante el miedo y la amenaza del fuego, que tienen la mayoría de los animales, con la excepción de algunas especies de primates y de aves (de quienes se estima que incluso encontraron antes que nosotros maneras de aprovechar el fuego). Esto permitió el acogimiento de un uso generalmente indirecto del fuego, proveniente de los frecuentes incendios en la sabana africana, como un mecanismo adaptativo (teoría del homínido pirofílico).

Probablemente dicho mecanismo facilitó entonces el acceso hacia ambientes más seguros contra los depredadores de la sabana africana, y mejoró la disponibilidad de alimentos, incluyendo animales cocinados por el fuego. Esta mejora en la calidad de los alimentos disponibles desembocó en el acúmulo energético y permitió, junto con otros factores, el conocido como primer fenómeno de encefalización o fase rápida de crecimiento cerebral en nuestros lejanos antepasados.

En el segundo momento, llegó un Prometeo de carne y hueso, nacido entre nosotros, para aprender y para enseñarnos sobre los secretos del dominio del fuego.  Seguramente esto fue el resultado de una carrera diferenciadora neuronal, iniciada o potenciada por la primera fase de encefalización rápida, que para ese momento pudo tener cientos de miles de años de progresión (Nos tomó 800 mil años convertirnos en Prometeo desde que le perdimos el miedo absoluto al fuego).

Tomado de: uniproyecta.com

Fue quizá en ese instante del segundo momento, donde la curiosidad instintiva de cualquier ser vivo encontró herramientas complementarias en la entonces incipiente estructuración cognitiva del mundo (pensamiento) que comenzaba a aparecer o complejizarse en los homínidos. Este pudo ser el momento en el que se sobrepasó por primera vez la aún tenue y difusa frontera que separa nuestras concomitantes evoluciones neurológicas (o una de las primeras consecuencias del mismo fenómeno). Aprendimos por tanto a mantener el fuego, a transportarlo con nosotros, y por supuesto a darle variados e importantes usos.

El dominio sobre el fuego se consolidó en el tercer momento, cuando los hijos de Prometeo descubrieron la manera de crear el fuego, consumando así el hito. En este punto se pasó del descubrimiento a la “invención” del fuego. Aún más, es posible que este tercer momento pudiera estar relacionado de alguna manera con la segunda fase de encefalización rápida, la cual se estima ocurrió hace aproximadamente 500 mil años, y de la que diversos investigadores opinan, estuvo estrechamente relacionada con la cocción intencionada de alimentos, o simplemente cocina.

Otras “coincidencias” interesantes: Se estima que el uso del fuego no fue generalizado sino hasta hace 200 mil años, misma fecha en la que algunos lingüistas estiman ocurrió el inicio de la consolidación del lenguaje humano como nuestro medio de comunicación, y misma fecha en la que los geólogos catalogan como el inicio de la penúltima de las glaciaciones terrestres.

Y es que las ventajas o beneficios que obtuvimos a partir de usar y/o dominar el fuego (además de las ya mencionadas) son en ocasiones predictibles, pero siempre fundamentales: Protección ante los depredadores, fuente de luz y calor en la noche y el frío, alargamiento de las horas activas y productivas del día, soporte esencial para las migraciones hacia otros continentes, sobrevivencia durante los periodos glaciales, elaboración de nuevas herramientas, control de los metales, facilitamiento de la interacción social y las reuniones entre individuos (con el consecuente fortalecimiento de las habilidades sociales, cognitivas y comunicacionales relacionadas) entre otros.

En pocas palabras, podemos observar que el fuego fue necesario, sino esencial, para alcanzar el dominio que, en algún momento de esta historia, comenzamos a ejercer sobre nuestros entornos. Quizá, no es casualidad por ello que después del dominio del fuego nazca nuestra civilización, se consolide el uso del lenguaje como medio de comunicación exclusivamente humano, y posteriormente nazcan los mitos, como nuestras explicaciones primitivas pero conceptuales del mundo. Metafóricamente hablando, podríamos decir que el fuego también nos fundó y nos “salvó” (como Prometeo), y es esta la importancia, muy justificada, a la que hacen referencia nuestros mitos, leyendas y religiones antiguas.

Ahora bien, una vez alcanzamos la capacidad de entender y explorar el mundo de manera conceptual y cognitiva (en buena parte gracias al fuego, valga recordar), comenzamos por consecuencia a formar esquemas mentales representativos de nuestra realidad, y en un momento en el que el entendimiento de los fenómenos naturales rebasaba nuestra apenas naciente capacidad explicatoria de los mismos, echamos mano de los mitos como respuestas obligadas ante nuestra incapacidad de reconocer nuestra ignorancia. Los mitos se amalgamaron con las cosmologías y las culturas particulares de los pueblos, resultando constituidos como los cimientos para el aparecimiento de muchas religiones.

Es bien sabido que las religiones tuvieron (y aún tienen, para bien o mal) un papel fundamental en el nacimiento y organización de las sociedades. A través de las religiones se dictaban las normas morales y de comportamiento que requerían las sociedades primitivas para garantizar un mínimo de cohesión, sobrevivencia y desarrollo entre sus individuos. En ocasiones, y para lograr su objetivo, las religiones echaron mano de castigos divinos, que se cernían sobre los individuos rebeldes a cumplir los mandatos y las reglas divinas (que valga aclararse, por lo general eran en últimas manuales de buen comportamiento).

Uno de estos elementos de castigo muy conocido en la cultura occidental es la existencia del infierno, ese lugar de llamas de fuego y tormento eterno, preparado para los demonios y los pecadores. Un sitio común en las religiones abrahámicas y otras cuantas orientales y nórdicas. Debe resaltarse que el fuego también llegó a ser investido con propiedades divinas en estos sistemas de creencias, principalmente como elemento purificador de la imperfecta naturaleza humana (por ej. El purgatorio, el concepto de fuego divino etc.)

Resulta interesante darnos cuenta de cómo el fuego mantiene un papel central incluso en religiones monoteístas y con dioses humanizados como en las religiones abrahámicas, de cómo su figura influye en nuestro moldeamiento social y comportamental primitivo, y de cómo, en el caso del infierno, se echa mano del entonces y siempre presente miedo instintivo al fuego (más específicamente a quemarse), para empujar a un individuo previamente adoctrinado a comportarse de una manera deseable. ¿Qué sería de estas religiones sin el fuego del infierno?

¿Qué podría ser más importante que hacer lo necesario para evitar tan terrible lugar como el infierno, luego de la inevitable muerte (otro de nuestros grandes miedos)? Hay pocas ideas más aterradoras que la de imaginarse en la eternidad (una medida de tiempo inmensurable para nuestras mentes) sintiendo el intenso dolor de todo nuestro cuerpo consumiéndose por las llamas, sin pausa, sin descanso, sin fin. Hay pocas muertes más terribles que morir entre las llamas, y esto es algo que sabemos desde siempre.

Es más, hubo momentos de nuestra historia en los que el fuego paso a ser más que una mera idea atemorizadora o amenazante en las religiones, y pasó a ser una de sus herramientas de “purificación”. En el mundo medieval occidental, miles de personas murieron en hogueras como consecuencia de contradecir en alguna medida a la doctrina y/o voluntad del entonces creciente y casi hegemónico poder eclesiástico. De esta manera, hicimos que el elemento que un día nos fundó y nos “salvó”, que un día venerábamos y dominábamos al mismo tiempo, fuera ahora por el que, a través del cual, nos condenaran, nos volvieran a atemorizar, por el que nos restringieran en nuestras acciones, y aún peor, en nuestros pensamientos. A través del fuego fuimos dominados en mente y cuerpo por casi un milenio. ¿Cómo permitimos que eso ocurriera?

Como seres biológicos con capacidad de cognición, tomamos decisiones a partir de nuestro “mapa mental disponible” y nuestro entendimiento consecuente del mundo. Es decir, que la implantación de una idea o concepto, bien sea por proceso de aprendizaje, o por cuestiones culturales (como la religión, el infierno) puede alterar en mayor o menor medida nuestro propio constructo del mundo, nuestras maneras de pensar sobre el mismo y sobre nosotros, y, por tanto, alterar las decisiones que tomamos. Este proceso de toma de decisión implica no solamente que tengamos unos elementos a la mano para sopesar las situaciones (conceptos, ideas) sino que confiemos en que las definiciones y las relaciones que hemos establecido en y entre los mismos son válidas y funcionales (creencias).

A este proceso decisorio debe sumarse la influencia de las emociones, los instintos, y por supuesto, los miedos. Por lo que es posible pensar que, de alguna manera, estos elementos también tienen una representación cognitiva, aun cuando esta pueda ser primitiva o primaria (No reconocibles conscientemente a primera impresión). Desde un punto de vista evolutivo de los seres con cognición, puede decirse que a medida que se mejora la capacidad de entendimiento del mundo se mejoran las decisiones comportamentales del individuo, que en cierta medida garantizarán mejor su sobrevivencia. Recordando así que el resultado último de las buenas adaptaciones evolutivas es la mejor garantía de supervivencia (o al menos su procura).

Como cualquier otro esquema de interpretación de la realidad y la naturaleza humana, las religiones acogieron, reprodujeron e implantaron conceptos diversos entre los individuos y sus sociedades. Sencillamente, en algún punto, a alguien se le ocurrió (imaginativa o premeditadamente) que existía tal cosa como el infierno, y debido al contexto del momento, y a su comprobada eficiencia, su idea fue aceptada, acogida y difundida. Allí nació uno de los primeros miedos culturalmente infundados. Sin embargo, dicho concepto alcanzó repercusiones cognitivas, pues como vimos anteriormente, somos seres que debemos creer en nuestras ideas para actuar en consecuencia.

En síntesis, la parte no tan buena de las religiones puede provenir como resultado (entre otras muchas razones) del aferramiento a los esquemas cognitivos y explicatorios preestablecidos por estas mismas, cuando las circunstancias que justificaban su existencia cambian, y cuando sus explicaciones del mundo comienzan a ser nuevamente insuficientes frente a los avances logrados en nuestra eterna e indetenible búsqueda del conocimiento. Esto sin tener en cuenta la voluntad de aprovechamiento individual y los consecuentes niveles de corrupción que seguramente lograron (y aún logran) alcanzar muchos de sus siempre autodenominados representantes.

Puede que todos los hechos y fenómenos abordados anteriormente, hayan sido producto del azar o de la inevitabilidad de la deriva natural evolutiva terrestre. Pero, debemos recordar, que más allá de los mitos, leyendas, religiones y civilizaciones, más allá de las ventajas y desventajas de las creaciones y consecuencias de nuestra propia naturaleza: somos el resultado de un proceso adaptativo verdaderamente ancestral, de una lucha por sobrevivencia que logramos convertir, a fuerza de intelecto, en una conquista por la dominación, doblegando incluso a aquello que antes considerábamos divino como el fuego, y alcanzando unos hitos dignos de esos seres que un día llamábamos dioses, siendo tan sólo unos pequeños Prometeos de carne y de hueso.

Quizá, sea el momento de recordar que muchos infiernos sólo existen en nuestras cabezas, que no podemos permitir que los miedos infundados nos paralicen más, que aún nos quedan muchos otros fuegos por dominar, y, que como nos dijeron alguna vez Carl Sagan y nuestros antiguos ancestros: somos los hijos del fuego del sol y de las estrellas.

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