Murió en Manizales el pintor Jesús Franco

Por Gilma de los Rios

Para mí es un placer escribir sobre él, aunque uno sabe de entrada que con una vida tan plena y prolífica, siempre se quedará corto, y que además han sido muchos los escritos sobre él estos años, lo que hace inevitable no repetir datos o anécdotas.

Las acuarelas del maestro las había conocido antes de volver a Manizales, por un regalo que le hicieron a mi hermano Herman, del libro “Las acuarelas de Jesús Franco, un testimonio necesario”, de Néstor Gustavo Díaz, con textos de él y bellas reproducciones de acuarelas de alta calidad, en edición de la Gobernación de Caldas, de 1981. De inmediato nos atrapó ese bello trabajo, que no sólo tenía toda la perfección de una acuarela, sino que a la vez rescataba los paisajes y lugares que han sostenido nuestra historia y que nosotros amábamos. Estos pueblos sencillos colmados de recuerdos, de gente y frutos buenos, tienen esa belleza natural que es bálsamo en el cerebro y en el alma. Herman quedó tan encantado con las acuarelas, que escribió un artículo que publicó La Patria.

Cuando volví a mi tierra en ejercicio como Comunicadora, a trabajar con el gremio cafetero y a dirigir el periódico “El Caficultor”, un amigo del maestro conociendo mi admiración por él, me dijo que me lo presentaría, y previa solicitud para nuestra visita, me llevó a la bella Arcadia. El recibimiento fue un abrazo grande con una amplia sonrisa, como si llegara alguien de su familia. Luego de recibir las atenciones de su siempre generosa hospitalidad, nos mostró su museo propio, que cobra aún más belleza en ese entorno, resaltando su orgulloso origen campesino, cercano a la tierra y al paisaje, como el de ese refugio ecológico que habita. Y en medio de historias deliciosas contadas con esa contundencia y sencillez, también llegaron los brindis, la música que siempre lo acompaña, y al salir ya me sentía su amiga y su alumna de vida, ya que no tuve el don de pintar.

Tiempo después, uno de los proyectos que emprendí con el periódico, fue dedicar un ejemplar a cada municipio de Caldas, y lograr que además de información cafetera, se encontrara la historia e información actualizada de su pueblo, en una época donde muchas obras eran realizadas por el gremio cafetero. Un día, le pedí con timidez al maestro, que si me facilitaba alguna de sus bellas acuarelas de los pueblos caldenses, para hacer un homenaje a esos territorios cafeteros. Sin dudarlo aceptó mi propuesta, y fue emocionante ver después algunas en “El Caficultor”, y constatar el amor con que guardaban esos periódicos los habitantes de esos queridos pueblos caldenses.

Tomado de: Eje 21

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