Las lágrimas de Dios

Por Pastor Inocente.*

Tuve la suerte de vivir en mi infancia, pubertad y adolescencia, en una casa sin cielo raso y con suelo raso.

En la época, un poco arriba de la primera mitad del siglo pasado, tener cielo raso era un lujo.

Denotaba, simplemente, que el dueño de casa tenía cómo costear ese elemento anti sonidos y que hacía del techo un panel solar, no para proveer energía, sino calor. El techo era de zinc. Con alguna que otra gotera que recibíamos en vasijas de aluminio, con orgullo. Habíamos dejado atrás la vasija de barro, que después se hizo canción.

Estábamos estrenando el aluminio y ese era otro uso versátil del material.

Y digo que fue un privilegio que le achaco a la buena suerte que he tenido, porque gracias a la ausencia del cielo raso, escuché el sonido puro de la lluvia, echa llovizna, aguacero o tempestad.

El sonido ruidoso (¿contradicción?) de la lluvia en sus diferentes ímpetus me permitieron apreciar la melodía del agua cuando esta era ligera y la gordura de sus notas musicales cuando era aguacero.

Con la tempestad, cautivé el miedo que mantuve, incluso, en las películas de terror del teatro Alcázar, en donde el agua huracanada agregaba pavor a las imágenes de vampiros y monstruos.

No hay película de terror sin rayos y truenos.

Cuando llegué a Bogotá perdí el cielo raso y con él un encanto que sólo quedó en la memoria juvenil, la que nunca se va.

La lluvia que caía al otro lado del techo de zinc, comprado en un almacén de la galería de Garzón, producía el efecto Bóxer, antes llamado cemento duco y tenía la magia de pegar en el hipocampo del cerebro las páginas de los libros y novelas que había leído antes de “pegar” los ojos. Por eso recuerdo muchos de esos pasajes, entre ellos varios comienzos que aprendí hasta que muera.

La lluvia era religiosa. Si la gota era más gruesa lo sobrecogía a uno y le hacía pensar que era una lágrima de Dios la que caía fuerte y hasta amenazante.

La lluvia traía consigo mejores ondas hertzianas de la Habana o de Holanda. También de Moscú.

La lluvia anunciaba que había un mañana prometedor porque no hay aguacero eterno.

La lluvia permitía que uno recorriera los cuerpos de las vecinas y las del colegio de las niñas en una danza romántica acompañada por una balada con letra esquiva.

Claro, todo esto, en el sueño profundo que producía el sonido o el ruido en las tejas de zinc y que solo era interrumpido cuando la gotera tapada en el día era vencida por la fuerza de las lágrimas de Dios en la noche.

Lástima que ahora tenemos cielo rasos, porque nos alejamos del sueño que comenzaba en la superficie del océano y terminada en las profundidades de su lecho.
¡Que llueva y que duerman bien!

*Seudónimo de Fernando José Calderón España.

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