Fútbol, la riqueza y sus malabares

Por Fernando Calderón España.

Cuando uno ve a Pelé, Maradona, Platini, Messi, Zidane, James, el viejo Willy o cualquiera de los elegidos para el fútbol jugando a la veintiuna y a las cabecitas no cabe pensar algo diferente a que esos individuos nacieron con una habilidad superior al resto de mortales en el mundo. El balón con el que se juega el deporte más rico del mundo, rico como lo quiera entender, parece convertirse en un pequeño juguete adherido a los pies y que se suelta solo cuando el sujeto accionante lo decide, o en una diminuta bola de cuero que se pega a la cabeza del individuo, como si fuera cualquiera de los planetas de nuestra vía láctea girando alrededor del sol. 

El dominio es tal que llega a ser humillante para quien como yo nunca fue capaz de sostener ese balón en más de dos ocasiones consecutivas, porque a la tercera caía a tierra produciendo decepción y tristeza. Qué lejos se puso esa vigésima primera vez a la que no llegamos en los años jóvenes y mucho menos en los viejos.

Como eso fue repetitivo, la única decisión sensata fue abandonar los improvisados o los bien fabricados campos de fútbol. Cualquiera de los dos da igual. 

Muy temprano descubrí esta torpeza que me llevó más tarde a la tribuna de los estadios, y en ellas a las cabinas de radio, unos cuartitos de esas moles de cemento en donde nos entendíamos de las emociones de los aficionados, esa masa para la que solo existen los resultados. Y los resultados son los goles, una figura en la mente que aparece cada vez que un balón se deja atrapar por una red. O la red atrapa al balón, acaso.


La veintiuna es un ejercicio que aunque está más cerca del malabarismo que de la técnica futbolística sitúa al ejecutante en un territorio de prepotencia y lo convierte en integrante de una élite o clase alta que se expresa excluyente. Tal vez por eso el fútbol aglutina tanta gente. Los admirados o los elegidos, como saben que lo son, asumen y la practican, una dramaturgia en donde brillan esas pericias que los hacen sobresalientes, únicos y diferentes.

Las personas aman las diferencias o las cosas que solo unos pocos pueden ejecutar. Por eso, el actor, el cantante, los cultivadores de las gracias de la naturaleza se convierten en celebridades y la masa humana los distingue. Casi siempre son adorados por unos y aborrecidos por otros. Y este dilema es el que produce dictadores, caudillos, mesías.

En el fútbol se da la dictadura del proletariado, la que no han podido poner en práctica los políticos que vienen del hambre, el desempleo, la barriada sin servicios y con apenas soluciones de vivienda. Cuando esos hombres y esas mujeres que hacen política vienen de los estratos bajos, una vez comienzan a acceder al poder y a visitar los salones del mismo, sufren una especie de amnesia que les hace olvidar su origen y muchos, incluso, se creen el cuento de que siempre han pertenecido al estrato más alto. Y comienzan a borrar todo su pasado, en un alarde de falta de conciencia de clase, según el concepto marxista.

Vuelvo a la dictadura del proletariado en el fútbol. Las luminarias que mueven a las masas aficionadas a la guerra por un balón, que en sus mayorías son de la clase obrera, en un 99,99% viene del proletariado, esa clase social que pide empleo y mejores oportunidades todos los días de su vida.

Los iluminados de este planeta llegaron al fútbol para ascender, como lo desea todo deportista, pero no solo en ese deporte, sino también en la vida socioeconómica que se les abre cuando sus pies superan todo lo que otros pueden producir con la cabeza.

Por eso, que muchas de esas celebridades, que se han pavoneado en revistas deportivas y de otros géneros, o en las esquizofrénicas redes sociales, (las llamó así porque en redes la realidad no es la realidad) mostrando su, también, esquizofrénica riqueza que llega a niveles estrambóticos, se hayan quedado a la vera del camino de la victoria absoluta, podría ser un aprendizaje para su existencia llena de ventura. Es como si la naturaleza los hubiera llamado a bajar la cabeza. Como hincha no me alegra la tristeza de Cristiano, Kane, el provocador Neymar y otros que se quedaron atrás, ni su estampa asolada en medio del aplauso para el otro, pero si lo tomo como el “tarradito de heces” que tiene que cargar todo ser humano cuando llega a esas instancias estrafalarias del éxito económico. Queda por verse si mañana, en el partido final, las últimas luminarias que desfilarán por la alfombra verde podrán esquivar ese paquete que la vida reserva para compensar tanto desenfreno de la suerte. Qatar, cuna de humillantes riquezas podría pervertir el destino que apunta al equipo en donde está el jugador más caro del mundo por mucho tiempo. Que no sea así porque mi estado de hincha, el mismo que no es capaz de hacer una veintiuna y, mucho menos, dos cabecitas consecutivas está del lado de ese mismo onceno que representa a la patria de José de San Martín.

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