La sociedad, ¿cómplice?

Por Fernando Calderón España.

La sociedad auspicia y promueve comportamientos y luego condena a quien usa y abusa de ellos. El uso siempre tendrá el riesgo del abuso.

Los nuevos seres humanos aprenden de los viejos seres humanos.

Son estos los encargados de transmitir con su manera de ser y de pensar, estados sociales, emocionales e intelectuales del ser humano y que, por lo general, nunca se transmiten con las advertencias y las alarmas necesarias para afrontar los excesos.

El alcohol, social, legal y comercialmente aceptado se ha trasladado, de mano en mano y de gusto en gusto, a través de generaciones enteras con escasos o disimulados relatos sobre las consecuencias de un superávit en la sangre y el cuerpo.

Son más los incentivos y los motivadores en la publicidad del licor, que los anuncios que hablan de las consecuencias de una ingesta etílica excesiva, consuetudinaria y descontrolada. Las advertencias van en textos diminutos.

Y menos recurrente la lección diaria en los hogares sobre los peligros que acarrea beber alcohol hasta llegar a la desobediencia que provoca en la voluntad del ser humano.

En el alcoholismo prematuro al que se llega en la sociedad de hoy concurren estos y otros factores a los que los gobiernos no les prestan la atención como representantes legales de la sociedad a la que se deben.

La guerra contra el consumo agresivo de alcohol se ha perdido como la guerra contra todos los vicios. Con las drogas, por ejemplo, se ha pasado de una lucha estéril a una, a veces, cómplice, cuando las políticas contra ellas sólo son paños de agua tibia.

Lo que pasó con el congresista colombiano, aprisionado en una enfermedad con expresiones colaterales insospechadas es solo una demostración de los estragos que hacen los usos y abusos comportamentales, socialmente aceptados.

Esa actitud enajenada producto del exceso de alcohol en el cuerpo no puede ser un pretexto político para definir un partido, una ideología o un destino administrativo que apenas comienza.

¿Que el protagonista deberá ponerse en manos profesionales?

Si. Incluso, debería retirarse para que su ejercicio ciudadano se pueda desarrollar en las condiciones que espera la sociedad.

Pero, de ahí a ponerlo en la hoguera y lacerar hasta su dignidad hay un trecho que la sociedad y todas sus manifestaciones no puede recorrer.

Te puede interesar:

No escribo para vivir, vivo para escribir: OLVIDAR

Por Helen Fares de Libbos | No olvido que a cada día le corresponde su…

Entre más escribo, más vivo: DEDICATORIA

Por: Laila Libbos | A todos aquellos que creen posible tener resultados de ganar... ganar…

De regalías tristes

Por Fernando Calderón España | Ahora les dio por defender al petróleo y al carbón,…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.