Josefa Acevedo de Gómez, primera escritora no mística de Colombia

Por Hernán Alejandro Olano García

La primera mujer escritora civil de la República, fue doña Josefa Acevedo Tejada de Gómez, hija del Tribuno don José Acevedo y Gómez, quien en su autobiografía dice del Prócer: “recibí de mi padre lo que se llama simplemente buena crianza y mil deliciosas caricias”.

Modesta en su escritura, doña Josefa decía: “Nada sé, fuera de componer algunos versos; y aunque he escrito algo, es poco lo que creo digno de aplauso”.

En efecto, fue autora de un “Tratado sobre los deberes de los casados escrito para los ciudadanos de la Nueva Granada”, con cinco ediciones, al menos dos de ellas publicadas en París y otra en Nueva York;  cuatro biografías, incluidas las de su padre y su hermano José , así como las del doctor Vicente Azuero y  la de su primo hermano, el escritor Luis Vargas Tejada, autor de “Las Convulsiones”; “Biografía del doctor Diego Fernando Gómez”; “Biografía del teniente coronel Alfonso Acevedo Tejada”; “Ensayo sobre el amor conyugal”; “Oráculo de las flores y de las frutas”; “El cabrón legislador”; “En el lecho del dolor”; “Mis recuerdos de Tibacui. (Fragmentos de un diario)”; “Recuerdos nacionales”; además, su autobiografía, escrita poco antes de su fallecimiento en Pasca.

Josefa Acevedo Gómez

Junto a esas obras, un “Tratado de Economía Doméstica”, a lo cual ella agregaba: “Escribí Los quince días de Alberto en Madrid, para N. Gómez que hoy me parece que no me estima; un “Tratado sobre la Beneficencia, dedicado a mí querido hermano José”; los “Cuadros sobre la vida privada”, dedicados al mismo hermano; muchos romances y un drama que están aún inéditos y cuyo mérito debe ser poco.

Señalaba en su diario: “Tengo otros muchos manuscritos, como “El Desagravio”, “El Panorama”, una pieza dramática sobre un asunto quiteño, las “Meditaciones sobre la Pasión” y, “La Pola”. Pero creo que todo irá al fuego. Para reconocer mis obras e impedir que se me atribuyan otras ó se me nieguen éstas, he escrito también este artículo. Al señor Obaldía le regalé un manuscrito sobre la expulsión de los jesuitas”.

También, póstumamente se publicó su obra “Cuadros sobre la vida privada de algunos granadinos, copiados al natural para instrucción i divertimiento de los curiosos”.

Dentro del círculo de los amigos más cercanos e influyentes de la escritora, estaba el conspirador de la “Noche Septembrina”, el médico francés Juan Francisco Arganil, de cuyos documentos personales fue depositaria.

Vivió doña Josefa durante muchos años en Fusagasugá en la Hacienda “El Chocho” con su esposo Diego Fernando Gómez (primo hermano de su padre), un hijo de éste y dos hijas en común del matrimonio: Amelia y Rosa, casadas después con Ruperto Ferreira y Anselmo León.

La modestia de la escritora, al llevó a considerar los diferentes aspectos de su vida, pero también a formular una queja desde el fondo de su corazón: “He sido buena amiga (y de esto podría gloriarme), a pesar de que he sufrido la mayor de las ingratitudes posibles, y he bajado al sepulcro sin adivinar porqué me ultrajaron los que amé como amigos”.

Igualmente, sus “Poesías de una granadina”, de 1853, constituyen un recorrido a través de la vida emocional de la autora, entre ellos «Una tumba en los Andaquíes», dedicado a la memoria de su padre, <El Tribuno del Pueblo>, don José Acevedo y Gómez, quien durante el “Régimen del Terror” de Pablo Morillo, tuvo que huir de Bogotá y fallecería en lugar desconocido de la selva caqueteña:

Una tumba en los Andaquíes

¡Su nombre y sus riquezas se acabaron!
¡Nada me resta de él sobre la tierra!
Ni la urna funeral donde se encierra
la ceniza de aquellos que finaron.

Esa arboleda enmarañada, espesa,
que crece en la montaña silenciosa,
cubre la tumba donde en paz reposa
cubierta de hojarasca y maleza.

Su cadáver que un hijo desolado
cubrió de tierra, llanto y oraciones,
lejos de tumultuosas poblaciones
no será por los hombres profanado.

Nunca sobre el sepulcro solitario
la huella se estampó de paso humano:
jamás del hombre codiciosa mano
sembró sobre este suelo funerario.

No hay monumento, ni inscripción, ni losado
se eternice vanidad mundana,
pues que la omnipotencia soberana
cubrirlo quiso de una selva umbrosa.

Tan sólo se descubre en la enramada
una cruz de madera carcomida,
y el ángel compañero de su vida
vela sobre su tumba abandonada.

(De pantallazosnoticias.com.co)

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