Freddy Rincón, instantes eternos

Por Fernando José Calderón España

La pierna derecha fue la cuerda del arco que empujó la saeta.

El balón entró por el centro del blanco que formaron las piernas del arquero alemán. La esférica arrancó de las piernas de Álvarez después de una recuperación en la frontera colombiana. La empujó hasta las inferiores del “bendito” Fajardo, quien la correteó veloz a las del Pibe Valderrama. En instantes, el hombre de la cabellera de oro estaba en un triángulo de las Bermudas.

Su genio, que se transportó de la cabeza a los pies, en más instantes, logró que se escapara del asedio germánico con unas gambetas que escondieron el proyectil de aire hasta que llegó a Rincón y luego a Fajardo, quien vio al Pibe, ahora solitario.

El hijo de las faldas de la Sierra Nevada, que jugaba con la mirada panorámica de los números “10” que han conducido el mundo del balón, ya solo, en medio de la algarabía nerviosa de miles de torrentes sanguíneos, con la precisión de un arquero de los bosques de Sherwood, puso la pelota en los pies de un gigante de color negro, quien en un instante maravilloso templó y soltó la cuerda, y el proyectil se fue por el centro del primer blanco hasta incrustarse en el otro corazón del segundo blanco, los tres palos.

La malla se movió como formando olas tan grandes que llegaron a todo el planeta como si hubiese comenzado un tsunami en todos los océanos.

Aquel gigante era Freddy Rincón, un pedazo de Buenaventura hecho fútbol que agitaba buenos vientos en tierras italianas contra un enemigo con tradición guerrera y de piel tan distinta que el partido parecía en blanco y negro.
Desde ese gol Freddy quedó labrado en el cerebro colectivo de un pueblo que es tan distinto cuando ve jugar a su selección vestida de tricolor.

Por esos instantes, otra vez los instantes, es que Rincón se hizo eterno. Otros instantes, la ironía de ser y estar, se lo llevaron a la eternidad.

En la vida, siempre hay, y habrá instantes eternos. Como monumentales ironías.

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