A propósito de los 70 años de Caracol

Por Fernando Calderón España

Una de las facetas de la locución con las que me identificó la audiencia colombiana fue con la de la locución comercial. Por don Yamid Amat llegué a ser la voz comercial del combo deportivo de Caracol. Lo integramos Hernán Pelaez Restrepo, Jaime Ortiz, Antonio Chávez, Hernando Perdomo Ch, Oscar Munevar, Álvaro Hernández y yo. Luego llegaron César Augusto Londoño, Marco Antonio Bustos y Benjamín Cuello. En una época estuvo Ricardo Alarcón. En el Campín se elevó mi cariño por el fútbol. Y por la radio. No solo veía partidos gratis, sino que me pagaban por ir. Yo le ponía picante a los textos de las cuñas y eso hizo que me llevaran a eventos internacionales, siendo el primer locutor comercial deportivo que enviaban al exterior para cumplir con la pauta. Era un enviado especial de “los que pagan”: estuve en vueltas a España, Francia e Italia, en campeonatos de ciclismo y en mundiales. Eso me puso también a grabar mucho comercial de radio y televisión, un rubro muy rentable. Hacía mucho comercial con voz promocional, un tono animado y alto, más bien gritado. No me gustaba pero había que facturar. Yo me imaginaba siempre en comerciales de tono más bajo, grave, susurrante o misteriosamente vendedor. Tuve que esperar mucho para que se me diera esto último.

Estuve en 6 am 9 am leyendo noticias con Jorge A. Vega, un lector que nunca se equivocaba y que corregía sobre la marcha los errores de los redactores; Juan Harvey Caycedo, un hombre que hablaba vestido de etiqueta, y Gustavo Niño Mendoza, un tunjano melódico que enamoraba, incluso, relatando tragedias. Eran locutores de la élite. En aquel tiempo, como narran los bíblicos, yo ya había sido iniciado en la ACL, una constelación como “la cruz del sur”, la más pequeña y cerrada reunión de estrellas de la vía láctea. La ceremonia de introducción al gremio de los mejores pagados de la locución la compartí con Judith Sarmiento y Napoleón Vanegas (QEPD). Muchas veces leí Última Hora, un espacio de 15 minutos de noticias muy exigente para cualquier locutor y una vitrina con el vidrio panorámico más grande de Colombia: Caracol. Estar allí en 6 am cuando comenzaba a consolidarse como lo que es hoy, fue una ocasión exclusiva que estaba reservada para unos pocos. Eso me dio cartel, (cuando aún esta palabra era buena), porque estar en la marquesina de 6 am era como estar en la del Radio City de Nueva York. Había mucha luz. Se suponía que allí estaba concentrado lo mejor de la radio. En la radio de la época, periodistas y locutores querían estar al lado de don Yamid.

Estar en Caracol fue como estar en el cielo porque uno podía tocar y hasta abrazar a las estrellas. La locución, el periodismo, la comunicación, la creatividad y ahora la docencia son mi vida: No se qué hubiera pasado si no me hubiera encontrado con Mariano, Chucho, Alirio, en fin. Ah y con el pastuso Jaime Martínez. Y con José Luis Mateus en esa segunda etapa después del prólogo garzoneño. Y qué hubiera hecho sin doña Eva, que además de darme desayuno, almuerzo y comida, me alimentaba el ego.

Si volviera a nacer volvería a hacerlo en mi pueblo y volvería a pedirle al señor Hertz que se inventara las ondas por donde vuela la radio.

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